La riqueza de las redes 3: aspectos culturales

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Anteriormente hice un resumen de algunos temas que toca Yochai Benkler en su libro "La Riqueza de las Redes" respecto a la economía y la política. En esta tercera parte y final de la revisión del libro, resumo algunas de sus observaciones respecto al rol de las redes en la creación de la cultura.

La cultura de una sociedad son los elementos codificables y transmisibles de ella que la definen como tal, que son comunes a sus miembros. En una buena parte del siglo XX y para el mundo occidental, la creación de muchos de los íconos culturales de mayor relevancia pasó por Holywood y por los sellos discográficos. Pero desde finales del siglo XX, las tecnologías de información han reducido enormemente los costos de manipulación de texto, imágenes, sonidos y videos. Además, estas tecnologías han puesto en las manos de muchas personas, las herramientas necesarias para la creación de artefactos culturales.

El hecho de que muchas personas sean creadoras de cultura no es algo nuevo:

La gente siempre ha creado su propia cultura. La música popular no comenzó con Elvis [...] Siempre ha habido una cultura popular — de la música, de contar historias, de hacer teatro. Lo que sucedió durante el siglo XX en las economías avanzadas, y en menor medida pero sustancialmente en otras partes del globo, es que la cultura popular fue desplazada por cultura masiva producida comercialmente. El rol de los individuos y las comunidades respecto a los artefactos culturales cambió, de consumidores a replicadores a consumidores pasivos [...]

Llegamos a asumir un cierto nivel de calidad de sonido, presentación y puesta en escena que es imposible de obtener con nuestros propios medios y nuestro poco entrenamiento en el uso de la voz o de instrumentos [...] La barrera de los costos de producción, expectativas de calidad, y el sistema de estrellato que vino con ello, reemplazó el rol icónico de la obra de arte única con barreras nuevas, pero igualmente altas, a la creación en la creación de cultura. Son precisamente esas barreras las que las capacidades de los medios digitales comienzan a erosionar.

Una cultura participatoria posibilita la crítica. Si dependiera de Mattel Toys, la consulta "Barbie" en los buscadores Web sólo retornaría los sitios donde se puede vender o apreciar la muñeca. En cambio además de estos sitios, aparecen otros en que se critica directa o irónicamente la imagen que esta muñeca propone a las niñas. Lo mismo sucede con la posibilidad de criticar a la cientología o el catolicismo. En estos casos, el significado de una construcción cultural es enriquecido por una miríada de visiones.

Otro aspecto positivo de que los individuos sean creadores de cultura es que tal como aprender a leer música y tocar un instrumento puede permitir a alguien disfrutar más plenamente el escuchar música, el convertirse en un creador amateaur permite a las personas apreciar mejor las creaciones culturales de otros, sean estas producidas profesionalmente o no.

Es cierto también que, como describe Chris Anderson en "The Long Tail", las creaciones culturales de los individuos tienden a ser de calidad mucho más variable que las creaciones industriales. Una gran cantidad es difícil de apreciar para cualquiera que no sea el creador o su madre. Pero (1) existen mecanismos que permiten que las mejores creaciones tengan mayor exposición, incluyendo blogs y sitios como digg.com/meneame/etc. y (2) como las creaciones culturales de los individuos no necesitan ser vendibles para ser creadas, experiencias que son importantes para grupos grandes, pero no-mayoritarios, de la población son susceptibles de cristalizarse en artefactos culturales.

La vieja industria versus los nuevos creadores

Benkler también describe en detalle la tensión entre el modelo de producción industrial de información y el modelo de peer production respecto a la creación de cultura. La pregunta central es en qué medida los creadores del siglo XXI podrán utilizar las creaciones del siglo XX bajo un nuevo esquema de producción. La cultura no se crea de la nada, y sea cual sea el resultado de las escaramuzas regulatorias, la cultura del siglo XXI estará basada en íconos culturales de los siglos anteriores. Siempre ha sido así.

Una cuestión central es si el público llegará a entender y apoyar el movimiento de reforma con la fuerza suficiente para oponerse al lobby de quienes obtienen enormes beneficios a costa de un sistema legal que va en detrimento de la mayoría. Hasta el momento, la industria del derecho de autor ha convencido a los legisladores de que la producción individual, no-comercial y creativa que use elementos generados por la industria de la información debe ser prohibida.

Mucho del empuje formal regulatorio ha sido para incrementar el grado en que entidades privadas, comerciales, pueden adquirir y utilizar derechos exclusivos sobre los recursos necesarios para obtener e intercambiar información.

En los últimos rounds, los que se benefician de las viejas formas de producción han ganado casi siempre. En los siguientes asaltos, la situación no está resuelta. Hay varios frentes de lucha. La música es uno de ellos, otros son las bases de datos, la información producida por los gobiernos, los períodos de derecho de autor para los libros, etc. Existen varias iniciativas ciudadanas que buscan un equilibrio entre las viejas y las nuevas formas de producción de cultura, y que necesitan nuestro apoyo.


Fuente: The Wealth of Networks, por Yochai Benkler. Yale University Press, Mayo 2006, 528 págs. Fuente fotos: Jesper Egelund @ Flickr (CC), Patrick Q @ Flickr (CC), Bill Barminski's Mickey Gas Mask @ Illegal Art.

Ver también:La Riqueza de las Redes I: aspectos económicos; La Riqueza de las Redes II: aspectos políticos.

Foto de ChaTo

Carlos Castillo — Investigador en el área de minería de datos y búsqueda, en la web y redes sociales. Doctor en ciencias de la computación, Universidad de Chile. Más información »

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