Por sus frutos los conoceréis

Por sus frutos los conoceréis

Jueves 7 Jul 2011

Las generaciones que dieron vida a la Ilustración podrían enloquecer de placer en esta época nuestra, una era de información ilimitada. Nunca la humanidad tuvo acceso a tantos medios para combatir la tiranía y la ignorancia. Hoy tenemos comunicación "instantánea" con casi cualquier rincón del planeta. Si es necesario, extendemos la comunicación más allá de las fronteras de nuestra atmósfera. Sin embargo, todos estos avances científicos, sociales, filosóficos, no garantizan que hayamos abandonado el oscurantismo.

Casi al finalizar 2010 empezamos a recibir información desde Túnez. Alimentada tal vez por la distancia, tal vez por el desconocimiento de una cultura y una tierra que está muy lejos de casa, recibimos con cierta incredulidad la información que llegaba por diferentes medios, hasta que entendimos que se trataba de una revolución. Pero esta era una revolución de la nueva era. No era CNN mostrando las luces de los bombardeos durante la Guerra del Golfo, tan cuestionados al pasar el tiempo. Esta vez se trataba de personas con acceso a Internet que relataban en primera persona su experiencia.



No necesitamos una semana ni tres días para saber qué pasaba en la Plaza Tahrir, ubicada en el centro de Ciudad del Cairo en Egipto. A horas de iniciada la revolución egipcia del 25 de Enero que derrocaría a su líder Hosni Mubarak. Quienes teníamos Internet a la mano ya sabíamos de primera fuente lo que estaba ocurriendo.



Y el año continuó con más demostraciones del descontento popular. La revolución cruzó el Mar Mediterráneo para arribar a la madre patria. El 15 de marzo (#15m) se daría inicio al movimiento de los indignados. Miles de españoles se dieron cita a lo largo del país, aunque instalaron su centro de operaciones en la Plaza del Sol. Con frases como "En situaciones como la presente, no debe existir espacio para la resignación o la apatía", los ciudadanos españoles salieron a las calles de la mano de Stéphane Hessel y su libro ¡Indignaos!

Si repaso todos los eventos mundiales de los últimos meses, mayores y menores, seguramente encontraré muchos elementos en común. Movimientos sociales, descontento, manifestaciones. Un poder alienado que busca mantenerse en la cima y una sociedad que desea más espacio de expresión, más cambios, una mejor calidad de vida. En todos ellos, sin importar el idioma local o el tipo de "evento", Internet fue y ha sido LA carretera de información que muchos buscamos para informar (y ser informados). Terremotos y erupciones. Revoluciones y ajusticiamientos. En inglés, japonés, español o árabe. Obviando límites que antes parecían insalvables, nos conectamos en una súper red que hizo realidad el inconsciente colectivo de Jung. Como miles de neuronas repartidas sobre la superficie de la tierra, nos conectamos para sentir la vibración de toda la humanidad.

El precio de la libertad

Ante la maravilla de esta conexión total, que puede dejarnos exhaustos en la sola expresión de su potencial, quiero reflexionar sobre lo siguiente. ¿Cuantas palabras, cuantos discursos, cuantas imágenes son necesarias para convencer a un pueblo? ¿para adormecerlo nuevamente en un sueño del que no pueda (o no quiera) despertar? El precio de la libertad es estar siempre vigilantes.

Aunque las tecnologías nos hagan pensar que la democracia encontró su mejor herramienta para extenderse hasta los confines del universo conocido, la humanidad sigue siendo básicamente la misma. No ha pasado suficiente tiempo para evolucionar a la par de ellas. Seguimos siendo tan imperfectos y corruptibles, ángeles y demonios, como lo éramos hace cinco, diez, cien años. Por tanto, algunas verdades que antes aplicaban también lo hacen ahora.

Aunque la frase "por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7:16) esté cargada de iglesia, y con ella de los mismos pecados del resto de la humanidad, en una lectura agnóstica sigue teniendo sentido. ¿A quién le creemos? ¿al líder que nos emboba con discursos grandilocuentes de futuro mientras sigue viviendo su vida con doble o triple estándar? ¿al político piadoso que busca en su santa madre iglesia (cualquiera que sea) la justificación para imponer una carga ética en la sociedad, mientras vive su vida privada o pública como si no existiera más verdad que su propia conciencia? ¿al dirigente convencido de sus ideales que evalúa cualquier situación al cariz de su propio modelo mental, sin importar el sentir y el pensar de quien está a su lado?

Hace muchos años abrí los ojos para empezar a ver el mundo con una mirada más crítica y he de reconocer que no siempre ha sido fácil. Tratar de descifrar la realidad desde valores propios, personales y razonados es lo más vertiginoso que he hecho en la vida, pero bien vale la nausea. En su libro "Los guardianes de la libertad", Noam Chomsky y Edward S. Herman describieron, hace ya varios años, como el cuarto poder, los medios de comunicación, no siempre han estado al servicio de la verdad sino bajo la influencia y abuso de intereses particulares o estatales. ¿Qué nos hace pensar que ahora no estamos en una situación similar?

Los medios de comunicación, compitiendo o potenciados por las redes sociales, no sólo hacen más fácil la distribución de la información, las noticias y los hechos. Estos medios también son un mecanismo usado por los distintos poderes en disputa por la mente y el alma de los ciudadanos de este tiempo.

Hoy más que nunca necesitamos mantener los ojos y oídos bien abiertos. Atentos a cuanto ocurre a nuestro alrededor, tanto en el mundo físico como en el mundo digital. No nos dejemos encantar tan fácilmente. Si las palabras nos merecen dudas, miremos a cada quien según sus obras.


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